
En su más reciente filme, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino intentan capturar la magia barata de los cines y filmes de los setenta y ochenta. El autor fue un cinéfilo empedernido de los mismos cine-antros a los que solía acudir Tarantino en Los Ángeles.
Érase una vez, existían los cines de barrio.
Desprovistos de las 15 salas de multicinemas a los que hoy estamos acostumbrados, muchos de estos cines, conocidos en los Estados Unidos como "Grindhouse", mostraban un mínimo de dos y a veces hasta cuatro películas por día.
Sin el aire antiséptico de hoy, estos cines mostraban todo tipo de filmes, pero la crema y nata era películas de bajo presupuesto, subproductos de cineastas y productoras independientes que bien lanzaban un filme de vampiros afro americanos como una de zombies italianos del rey de las vísceras sanguinolentas, Lucio Fulci.
Eran las décadas de a finales de los sesentas, setentas y ochentas. Ahí nos remontan Robert Rodríguez y Quentin Tarantino en Grindhouse.

Rodríguez, de 38 años de edad, y Tarantino, de 44, crecieron yendo a estos cines. En ellos se graduaron en la universidad de la violencia barata, diálogo decadente y una diversión tan desenfadada que no niegan que de esos filmes obtuvieron la inspiración que los convirtió en dos de los mas aclamados cineastas de hoy.Grindhouse, la cual se estrenó este fin de semana pasado, son realmente dos películas en una. Rodríguez dirigió la primera, Planet Terror, un filme de zombies. Tarantino, Death Proof, donde el veterano Kurt Russell interpreta a un psicópata que conduce un musculoso Chevy Nova en pos de pasarlo por encima de sus víctimas.
Grindhouse, la cual se estrenó hace tres semanas, es realmente dos películas en una. Rodríguez dirigió la primera, , un filme de zombies. Tarantino, , donde el veterano Kurt Russell interpreta a un psicópata que conduce un musculoso Chevy Nova en pos de pasarlo por encima de sus víctimas.El dúo dinámico de forma intencional llenó el filme de rayas -como siempre solían aparecer los filmes desgastados y baratos de aquella época- y de varios cortos anunciando películas ficticias que eran una diversión en sí.
Ah, ¡que tiempos aquellos!
Como Tarantino, yo también crecí en Los Angeles durante esa época en la que el futuro rey del cine de arte de explotación degustó filme tras filme en los cines malolientes y chamagosos de la ciudad. De hecho, me tocó ir a los mismos cines que Quentin.
Era a finales de la década de los 70s, cuando la famosa calle Broadway del Centro de Los Angeles contaba con por lo menos una decena de cines construidos desde la década de los 20. Eran cines palaciegos dignos de reyes.
Por décadas esas calles estaban fuera de los limites de los latinos, diseñadas para los blancos, con una arquitectura que rivalizaba con lo mejor de Manhattan. Pero con el paso del tiempo los blancos se hartaron de viajar al centro de la ciudad y comenzaron a optar por los suburbios, abandonando el fastuoso centro.
Ya para la década de los 60 los latinos empezaron a hacer la calle Broadway suya. Lograron que el Centro de la ciudad siguiera vivo por lo menos hasta finales de la década de los 80, cuando todo se vino abajo.
Pero durante esas décadas los latinos lograron que cines palaciegos como el Orpheum, The State, The Los Angeles, el Million Dollar y The Tower lograran seguir abiertos. Cavernosos, ostentosos y con una bellísima arquitectura que rivaliza con los mejores teatros del mundo, estos antiguos centros de vaudeville donde apareció Charlie Chaplin y Pedro Infante, lograron seguir en uso gracias a los filmes baratos y no tan baratos que eran mostrados ahí todos los días.
De adolescente, cada domingo, después de la misa de las nueve de la mañana, mi amigo y tocayo José y yo nos íbamos a un paraíso compuesto de una calle atestada de estos viejos teatros que mostraban hasta cuatro películas por función. Ahí, en el Teatro Los Angeles miré el estreno de Alien en 1979. Un año después nos tocó ver el reestreno de El Exorcista, el filme que con su terror visceral logró hacer de mí un católico de convicción.
Pero aparte de los teatros palaciegos, que para ese entonces eran regidos por la cadena Metropolitan Theaters, estaban los llamados grindhouse. En estas fábricas de chorizo disfrazadas de cines, con nombres ya olvidados como el Roxie y el Cameo, las funciones de cuatro películas por un dólar le daban a uno un boleto a todo un mundo de aventuras (¿A quién le importaba si tenía uno que compartir las butacas con los homeless que se metían ahí a dormir?).
Pestíferos, sucios y pegajosos, el Roxie y Cameo no obstante brillaban cuando el gran Sonny Chiba machacaba con sus puños a rufianes de poca monta en The Street Fighter (El peleador callejero), o se llenaban de terror con los filmes de explotación de un Drácula afroamericano en Blackula.
El California, un teatro viejo pero fuerte como un roble ubicado en la calle Main, mostraba para mediados de los 80 cuatro filmes por función. En sus pantallas miré a un joven Eddie Murphy demostrarle al mundo por qué había de ser el mejor cómico de las ultimas décadas en 48 hours (48 horas).
También en el California disfrute de las películas exploitation del despertar de la adolescencia en The Last American Virgin (La última virgen americana) (la cual en mi opinión es muy superior a American Beauty, pero sin los aires de pretensión). Y los latinos de aquella época aprendimos del amor bajo la experta instrucción de la sensual holandesa Sylvia Kristel (sí, la misma que protagonizó los filmes Emmanuelle de los setenta)
A la mitad de los ochenta, como un presagio oscuro, el Roxie y el Cameo cerraron sus puertas. Años despues el California fue derrumbado con bombas, pero no se vino abajo antes de que por poco y matase a su ejecutor, como diciéndole, "yo me voy, pero te llevaré conmigo".
Pero aún seguían abiertos los grandes palacios, donde mi futura esposa y yo vimos una función doble que ostentaba al futuro gobernador de California interpretando a un robot asesino en The Terminator y a Freddy Kruger haciendo de las suyas en Nightmare on Elm Street (Pesadilla en la calle Elm).
Curiosamente, fue el cine mexicano el que siguió manteniendo abiertos esos cines. El Million Dollar y el United Artists y el Rialto continuaban mostrando churros de los Hermanos Almada, pero también exhibían joyas como Erótica, del Indio Fernández y Las Poquianchis de Felipe Cazals.
Pero con la muerte del cine comercial mexicano, también fallecieron los cines de la calle Broadway. En 1989 el cine comercial mexicano se vino abajo; ese mismo año cerraron sus puertas los grandes cines del centro de Los Angeles.
Algunos, como el Rialto y el majestuoso Tower terminaron como Swap meets. El Million Dollar, con todos su recuerdos de Cantinflas y Maria Félix, fue brevemente convertido en una sucursal de la polémica Iglesia Universal del Reino de Dios (poco despues la iglesia se mudaría al State, donde permanece).
Mi amigo José se convirtió en mi compadre y aún seguimos, cuando podemos, yendo juntos al cine. Pero ya no es lo mismo.
Rodríguez y Tarantino no se cansan de decir que el objetivo de Grindhouse es traer de vuelta la experiencia mágica que era ver una película barata pero divertida, sin pretensiones. Será por eso que al estrenar Grindhouse lo hicieron en el renovado Orpheum, el viejo cine que data desde 1918 y que sigue estando tan precioso como antes.
Los chicos saben lo que es bueno.
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