Las navidades venezolanas siguen cargadas de alegría y entusiasmo. Tiene que ser así, porque es la época del año en que todo se olvida. Acá sirven para festejar, para reunirse con amistades y familiares que poco se ven, y para hacer planes proyectados hacia el año entrante, que tal vez nunca vamos a cumplir. Pero no deja de haber magia por las calles, esa magia que desde niño pude sentir mientras esperaba la llegada de los regalos y el reencuentro con los abuelos. Esa esencia, por fortuna, no la hemos perdido por estas tierras.
Y tiene que ser así, porque la Navidad tiene rostro de niño en Venezuela. No hay crisis que la arruine. No hay dificultad que la empañe. Es verdad que hace años la celebrábamos con patinatas en las calles. La última que recuerdo se hacia en la Universidad Central de Venezuela, donde se organizaban parrandones y cantos durante la madrugada del 21 de diciembre, todo con el propósito de mantener la tradición.
En Venezuela se mantiene el juego del amigo secreto. Es una variante agradable de los intercambios de regalo, cuya metodología consiste en dejar pistas y pequeños obsequios a la persona a quien al final le haremos un presente. Lo hacemos en oficinas, en los centros de estudio y hasta en nuestras casas. Mi familia organiza uno que termina el 24 de diciembre, y todos los asistentes a la casa deben llevarle un obsequio a otra de las personas que compartirán la mesa con nosotros. Lo difícil acá es coordinar a los parientes que viven lejos de Caracas, pues ellos deben saber el nombre del destinatario de su obsequio con anticipación. Pero es muy divertido.
De muchacho me encantaban las fiestas que se organizaban en todas partes. Recuerdo los conciertos de gaitas, la música tradicional del estado Zulia, en el Poliedro de Caracas, llamados "Amaneceres Gaiteros". Ya saben por qué esa denominación. También las fiestas de la universidad y las que organizaban las amistades en sus propias casas. Mis padres contaban que en los años 60 eran frecuentas esas celebraciones en plena calle, con patinatas y música en vivo. Además, cada vecino ponía algo de comer para compartirlo con sus semejantes. Ese era el espíritu de esos eventos.
En Venezuela ya no se celebra la tradición de los Reyes Magos. A mi hijo siempre le tenemos su regalito de Reyes, pero no se espera ese día como antes. Los grandes hoteles son los sitios para recibir el Año Nuevo, aunque desde hace unos cinco años se tiene la Plaza Altamira como uno de los lugares para esperar el 1 de enero. Eso de estar en la calle para oír las doce campanadas no se ha arraigado acá, como en otros paises, pero confío en que pronto será una alternativa para compartir con los venezolanos esa noche de esperanza.
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