
Días atrás el diario Clarín reveló que, según
Los especialistas en la materia contemplan como posibles causas que: las intervenciones son más seguras que en otros tiempos; se modificaron los modelos estéticos en los medios de comunicación; los precios son muchos más accesibles (pudiendo acceder una persona de clase media a una de estas operaciones) o, entre otras cosas, a conductas adictivas.
Sin dudas que estos argumentos son más que certeros respecto de las razones que lleva a las mujeres a someterse a cirugías estéticas cada vez más jóvenes. Pero indudablemente también, hay un factor que predomina por sobre todos los demás: la crisis de valores que atraviesa nuestra sociedad.
Nadie puede negar, con toda la subjetividad del caso, lo agradable e insoslayable que puede ser la presencia de una mujer bella. Ahora bien, ¿cómo tiene que ser una mujer bella?
¿Debe tener 100 de talla en su sostén, los senos casi pegados al mentón, un abdomen firme como una piedra o una silueta similar a las modelos (que están al límite de patologías relacionadas con la alimentación)? ¿Si no cumple con esos requisitos, entonces, rozará la fealdad? La respuesta sensata diría que no, pero los ejemplos estéticos que se imponen, mayormente, desde los medios audiovisuales indicarían que sí.
Obviamente, que esto no sucede casualmente, aquí hubo una sociedad que supo recibir- sobre todo en décadas pasadas- con alegría esos modelos estéticos y también la ausencia de valores. A partir de allí parecería que se instaló esta locura por lucir el cuerpo- en teoría- perfecto.
A propósito, ¿qué frase utilizaría el Principito ahora en reemplazo de la famosa "lo esencial es invisible a los ojos"?
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