
En Argentina durante estas fechas, antes que cualquier rito, hay que destacar una sensación dominante entre mis compatriotas. Aquella que está en el inconsciente colectivo y la misma que dice que todo mejorará inexorablemente con la llegada del Año Nuevo. Más concretamente, parecería que a partir de las cero horas del primer día de enero, no existirá más la celulitis, ni la calvicie, muchos menos las peleas conyugales o los dirigentes políticos corruptos.
Incluso, en el año entrante, podría acortarse la amplia brecha entre ricos y pobres, no habría más guerras y la felicidad podría percibirse sin escepticismo alguno. Pero claro, nada de eso finalmente sucede. Aunque la energía dispuesta al servicio del festejo del año que se va, y el recibimiento del que llega, es más que elevada. Con todo lo que ello implica, claro (peleas, críticas, euforias, alegrías o llantos). Repasemos, entonces, cómo festejan los argentinos la llegada del Año Nuevo.
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Estoy al borde de la crisis de nervios. Me falta el aire, tengo palpitaciones, estoy sumido en la depresión más profunda, ya no soporto más: ¡Extraño ver rodar una pelota de fútbol! El receso se torna interminable. Y como si no bastara con ello, la coyuntura política argentina exacerba mi desesperación.
A pesar de las acusaciones que tildaban al oficialismo de autoritario y aseguraban que en el Senado habría "compra de voluntades" para garantizar la aprobación de la ley de retenciones móviles a la exportaciones del agro, la votación en la Cámara alta reflejó una situación bastante diferente. Hubo empate y debió definir el vicepresidente de la Nación, Julio Cobos, quien decidió por no apoyar la resolución y, de esa forma, jugar en contra del propio Gobierno que representa. 








